03 Medusas en Miami (2)

Para ser quienes eran, la casa de los McRae no era ostentosa. Moderna según unos cánones y quirúrgica según otros. Lo mejor era el jardín, grande, un remanso de paz perpetua del que Yifán disfrutaba cada centímetro cuadrado. En la casa, sin embargo, la paz duraría poco.

—¿Qué nos llevemos al niño a Europa? ¿Pero a ti se te ha ido la cabeza? —Danielle, que estaba picoteando en la cocina, se apresuró a tragar.

—Bueno, mujer, no es que diga que lo llevemos a Europa, es que como tenemos que ir, pues se me había ocurrido que no estaría mal llevarlo con nosotros.

—¿Y qué hacemos allí quince días con él? ¿Nos lo comemos con patatas? En las reuniones no puede estar.

—Ya. Hablé con Pedro que me llamó desde Ginebra. Le dije que mirase un campamento por la zona donde pudiera pasar unos días.

—¡Ah, muy bien! ¡Gracias por consultarme!

—Lo estoy haciendo ahora. Y suelta ese cuchillo, por favor, no me apuntes con él que me estas poniendo negro —rogó Isaac.

—¿Y tu madre? ¿Y los primos? A Yifán le hacía ilusión pasar unas semanas con ellos.

—Pues no sé…

—Vale señor «pues». Lo llevamos a Europa, pero a tu madre y a los primos se lo dices tú. Yo, si me preguntan, diré que es cosa tuya. No quiero tenerla con mi suegra y acabar con la cabeza como un bombo de aquí a fin de año. ¿Qué coño quieres para cenar?

—Mujer, dicho así…

—¿Dicho cómo?

—Huevos —Isaac, que jamás hubiera imaginado lo fácil que había sido, salió de la cocina.

—¿Fritos? ¿Revueltos? ¡O en tortilla!

De tantas vueltas como le daba la cabeza, Isaac ya ni oía.

—¡Qué si fritos, revueltos o en tortilla! —voceó Danielle.

—Deja, deja, es igual, voy por un sandwich al Starbucks… Y de paso me despejo. ¿Te traigo algo?

—¿Qué? —preguntó a voces Danielle.

—Nada —respondió mas fuerte aún Isaac.

—¡Yo no quiero ir a Suiza! —gritó Yifán desde el piso de arriba.

—¡Tú a callar! —chilló la madre.

—¡Hala! —dijo Isaac acelerando hacia la puerta.

—¡Pienso quedarme con mis primos! —contraatacó el crío.

—Repite lo que has dicho —dijo Danielle apuntando hacia la escalera con el cuchillo.

Yifán se dio media vuelta y se metió en su habitación mascullando tacos.

—¡Bien! —dijo Danielle.

—Pues bien —se escuchó arriba al fondo.

—¡A mí, tú no me contestas! ¿Eh?

Segundos después, al no escuchar réplica, el huracán Danielle tocó tierra por fin y perdió intensidad. Yifán no había comido, le hervía la sangre, y no pensaba cenar. Cogió la maqueta de la nave que le había regalado su padre, lo que más le gustaba de su habitación.

—¡Jo!, es que… —lloraba de rabia tumbado en la cama.

Quince años y sobrado de adrenalina.

La discusión había sido como echar gasolina al fuego. A Yifán le quemaba la mente: su madre como una hidra, el padre acojonadito y ¿por qué tenía que ir a Europa? ¿Pero por qué tenía que ir? ¿Daba igual lo que él pensara? De su madre lo esperaba; ¿total?, nunca le acompañó al sicólogo. Pero ¿su padre? ¡Él mismo había propuesto el viaje y eso no se lo perdonaba! ¿Dejar de ver a sus primos? No, no iría a Europa ¡no y no! Prepararía la mochila y se escaparía. En ese momento sentía cosas raras hacia su familia.

No pensaba ceder.

«¿Cenar? ¡Ni de coña!»

—No tengo hambre —gritó desde su cuarto al reclamo de su madre.

—Te recuerdo que no has comido.

—Me da igual —susurró.

—Bien, pues como quiera el señorito —gritó Danielle, que no le había oído—. Pero tendrás espinacas para desayunar y cereales con leche en la comida. Pues sí señor… Me va a torear éste…

—¡Nunca volveré a comer tu comida!

—¡Que te lo has creído! ¡Ah! Y te desconecto ahora mismo.

—¡Pues desconecta (te tú)! —Yifán finalizó en voz baja—¡Mándame a la Edad Media!

—No caerá esa breva… —dijo Danielle entrando al trapo—. ¡Y cómo me sigas contestando, subo y te pongo en órbita, que al fin y al cabo mi trabajo consiste en eso…!

—¡Déjalo ya! —respondió Yifán subiendo el tono al final.

—¡Qué no me contestes!

—¡Pues no me preguntes!

—¿Será posible? —Danielle no podía más y se dirigió hacia la escalera en el momento en que Isaac, que había olvidado algo, entraba por la puerta.

—Lo mato —dijo mirando a su marido con el cuchillo aún entre las manos.

—Vale, Dan… Ey, Dan, Dan —suplicó Isaac preocupado—. Suelta eso de una vez y deja que el crío respire un poco, ¿vale?, se le pasará. Europa le va a gustar, no te pongas a su nivel, que sois los dos iguales.

—Mira, monín, tú a lo tuyo que es la nave. Que yo me pasaba el día con las tetas fuera por toda la casa como una loca y derivando ecuaciones con tal de darle el pecho a este. ¿Para qué? Para nada.

—Pero si lo calculaba todo la IA…

—¡Qué me da igual! A ti te mangonea como quiere, no lo sabes llevar, claro que te adora, porque yo soy la mala que siempre le dice que no —explicó Danielle de regreso a la cocina.

«En eso tienes razón», pensó Isaac, que ya subía hacia el cuarto del chico. Encontró a Yifán tumbado en la cama con los ojos cerrados. Iba a charlar con él, pero lo vio tan relajado que se lo pensó mejor y se dio media vuelta.

Al igual que el de Yifán, en Miami, el día del profesor Adam había amanecido bien pero anochecería mal a trescientos ochenta mil kilómetros por debajo del Mar de la Tranquilidad.

El café de la mañana le había sabido a gloria: era viernes y buscaría plan. Las previsiones mejoraron cuando, a primera hora, su compañera Lisa tedebounfavor le pidió que la supliera en la tutoría semanal de un grupo nocturno de máster. Él aceptó. Sabía que su viernes quedaría emparedado entre la universidad y las tetas de su amiga, gracias a las cuales ella casi siempre conseguía lo que quería. Ser consciente de eso era una cosa y otra muy distinta verla subir diez minutos más tarde a un descapotable. Adam se sintió un completo imbécil que pensaba que el día no empeoraría. Pues bien, poco después llegó un mensaje de su tío Thomas, el conde Bernadotte, desde Alemania.

—Léelo —pidió a su Nodo.

«Espero hablar contigo pronto», decía.

Lo de esperar era un decir porque el conde-nado tío Thomas, como Adam lo llamaba, había enviado junto con el mensaje, los pormenores de un viaje y de una línea de crédito.

Enseguida llamó a su tío y se enteró de que había problemas en las empresas de la familia: suministros y blablablá. Esto suponía ir a Europa con los gastos pagados, así que a Adam le saltaron todas las alarmas. Podía entender que Thomas hubiera arreglado lo de ausentarse del trabajo porque era uno de los benefactores de la universidad y poderoso caballero es don dinero. Pero ¿no escatimar en gastos? Eso era harina de otro costal: ¿estratosférico hasta Zurich y Saeta hasta la Mainau? El precio de todo aquello no era ¿cuánto?, si no ¿qué?

Thomas le aseguró que no había de qué preocuparse, lo cual ya era preocupante, pero la verdad era que no se podía quejar salvo por ser viernes y estar sin plan, una vez más.

«Soy lerdo y las tías unas hijas de puta», pensó mientras buscaba el aula donde debía sustituir a Lisa.

Una vez dentro comenzó la tutoría; una cosa llevó a la otra, se generó un debate y alguien de la primera fila explotó.

—¡Eso no es cierto! La nube de meteoritos que estuvo a punto de impactar contra la Tierra aceleró los avances de la ciencia, por tanto las catástrofes son buenas —dijo, después de levantarse y sacar pecho, la dueña de un buen par de piernas enfundadas en un minishort por el que Adam sintió fijación.

La que se montó fue buena y como el conflicto no remitía, el profesor propuso continuar con otro enfoque sobre los avances de la ciencia. Lisa le pediría cuentas por no haber seguido el programa pero ¡qué carajo!, tampoco era esclavo de las normas y ella se la había jugado.

El aula se dividió en facciones que partían de la misma base. Ninguno de los bandos dudaba de que los problemas cotidianos carecieran de importancia, pero la perspectiva cambia cuando uno se encuentra cara a cara con la extinción. Si los meteoritos hubieran caído sobre el planeta, ¿qué habría quedado de la Humanidad? Nada en la Tierra, estaciones en órbita que acabarían siendo espectros y las colonias exteriores marchitándose.

—Por eso, gracias a la amenaza de los meteoritos, existe YAHVEH —dijo la del minishort.

—¡No sabíamos que eras monja! —se santiguó un joven al fondo mientras los demás reían.

—¡Cuanta ignorancia, por dios! —protestó doña exuberante.

—¿Alguien sabe qué es YAHVEH? —preguntó Adam. Esperó… pero resultó que no—. Ella os lo explicará —y dio la palabra al pibón, gesticulando para que se girase hacia sus compañeros y a él le diera la espalda. «¡Ñam!», pensó.

—¡A ver! YAHVEH es el nombre en clave del «Proyecto de Vigilancia de Cuerpos Extrasolares»

—¡Tú si que tienes un cuerpo extrasolar! —dijo de nuevo el anónimo.

Ella continuó como si nada.

—Imaginaos una esfera en torno al Sol, cuyo radio encaja entre nuestra órbita y la de Marte. Está formada por millones de nanosatélites unidos por su inteligencia colmena que rastrean cualquier cosa que pueda llegar desde el espacio exterior hasta nosotros. La esfera se expande a medida que el número de satélites que la forman, crece.

—¿Cómo los hacen? —preguntó alguien.

—En los asteroides del Cinturón Principal se han anclado factorías automáticas que los fabrican usando un concepto de producción ad infinitum. La precisión de la esfera aumenta a medida que crece. YAHVEH detectó hace unos años la Anomalía, un objeto transneptuniano que orbita el acantilado Kuiper —dijo la del minishort alzando la voz.

En ese momento sonó el timbre de las nueve, todo el mundo salió corriendo, incluidas las dos piernas preferidas del profesor.

No muy lejos de allí, a unas cuantas manzanas, mientras el aula de la Universidad se vaciaba, Yifán urdía un plan en su casa.

—¿Por qué todo me tiene que pasar a mí? —se dijo en voz alta cuando comenzó a poner en marcha una idea: se escaparía. Anuló a Núcleo, quien se chivó a Danielle, que en ese momento estaba ocupada y no le hizo mucho caso pero le pidió que grabara todo lo que hiciera Yifán.

En el trabajo Danielle era pura eficiencia: sus subordinados insectos y ella su reina, pero existían normas. En casa, sin embargo, ejercía un poder absoluto sobre el padre, el hijo y sobre Núcleo, quienes, cada uno a su manera, se las apañaban para sacarla de quicio, según ella.

Más tarde, revisando la grabación de Núcleo Danielle se enteró de los planes de fuga de su hijo. Isaac la pilló in fraganti y ella levantó la vista desafiante: él no osó rechistar. A veces Dan se sorprendía pensando que le habían cambiado al hijo en el hospital, pero no, había salido a la familia de su marido. Isaac, que parecía bloqueado, decidió comerse el sandwich que había comprado en el Starbucks para huir lo antes posible hacia el estudio con la excusa de trabajar un rato.

—Yifán dice que no baja. No tiene hambre. ¿Tú tampoco te vas a sentar a cenar? —dijo Danielle con la mesa puesta.

—Déjale un poco de espacio mujer… —a Isaac le costaba tragar.

—Si quiere espacio que se haga astronauta. Este me ha tomado por el pito del sereno.

Yifán dudaba a veces si estos dos serían sus verdaderos padres porque, de no serlo, eso explicaría muchas cosas y entre otras que siempre le llevaran la contraria. Bueno, no siempre. Pero si de verdad era su hijo ¿por qué no le hacían caso? «¡Jo! ¡Krito existe! Es que ya no sé cómo decirlo. No quiero conocer mas gente y tampoco quiero viajar. Dejadme en paz», pensaba el iluso. Y tumbado en la cama con este barullo en la cabeza, dio media vuelta y se durmió como si alguien hubiera pulsado un interruptor. En un primer momento Danielle, que le espiaba gracias a Núcleo, creyó que era otra treta pero la IA le confirmó que había entrado en la fase alfa del sueño. Bendita forma de desconectar.

—¿Y por qué no me has dicho antes lo de la fuga? —preguntó Danielle.

—Pues porque no me lo has preguntado —respondió Núcleo, que no pudo ver que Yifán disfrutaba de compañía mientras dormía. Tampoco pudo ver que, poco después y sirviéndose del sueño, Krito acarició la mente de Yifán para contarle algunas cosas. Para un humano sería difícil entrar en la cabeza de otro sin causar un estropicio, pero Krito, que no lo era, entraba y salía con facilidad de la de su amigo Yifán.

—Dios mío, dame paciencia —se quejó Danielle.

—Deberías pensarlo bien, Dan. Sé más sutil con Yifán —dijo Isaac.

—Vaya con don perfecto —Isaac palideció— que me vengas tú con esas, que te descolgaste el otro día con lo de «hijo, abre bien los ojos que no nos interesaba emparentarnos con la hija de la vecina».

—Pero si fuiste tú la que sacó el tema: «Vaya con Ana. Pronto tendrá familia», dijiste —contestó Isaac.

—Es que es verdad, está muy desarrollada. Enseña tanto que no deja espacio para la imaginación. Volviendo a tu hijo, y ya que has leído su diario…

—¿Y quién te ha dicho a ti que yo he leído su diario?

—Hablas en sueños.

—¿Qué yo…? ¿Qué dije?

—Eso y otras cosas, así que ya está bien de tontunas y me vas a decir donde lo guarda que también quiero leerlo.

—Lo escribe a mano, en papel —claudicó Isaac—. Preguntaré a Núcleo si lo ha cambiado de sitio. Lo suele hacer.

Danielle se fue a su alcoba e Isaac, que volvió a la habitación de Yifán, se quedó un buen rato mirándolo. ¿Qué iban a hacer con él?

Muy cerca de allí, Adam se sentó en su despacho de la Universidad. Se recostó en la silla dispuesto a dictar algunas anotaciones para la profesora titular, pero el caso es que no pudo hacerlo porque algo estaba invadiendo su cabeza. Se mareaba. «¿Qué..?», se dijo, «¿qué me ocurre? ¡Mis manos! ¡Las venas!». Fijó la vista en ellas obsesionado por centrar su atención en algo. Se desvanecía, «¡qué mareo, por dios, que mareo…!»

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