02 El basilisco volvió de Überlingen a palacio (2)

Sabía que Julia no podía usar los coches salvo en casos de emergencia, Núcleo se lo habría impedido. Por otro lado… ¿Qué el franchute había avisado a quién sin consultar a Thomas? ¿Acaso este chico se drogaba? ¿Hola? ¿Qué pasa hoy? ¿Nos hemos vuelto todos locos? De pronto la gruesa matrona alemana dio media vuelta y salió por la puerta principal como un rayo lanzándose en plancha al exterior. La nieve dificultaba sus movimientos pero la ira y la angustia movían con agilidad su cuerpo. Núcleo, que estaba pesadísimo, no hacía más que responder con obviedades cuando se le consultaba: «que si los escondrijos eran infinitos, que si la temperatura exterior descendería a lo largo del día…». Thomas volvería en breve de Überlingen con otra puta escultura de hormigón de Peter Lenk. Si al menos hubiera comprado Imperia, que era la única cosa de ese tío que merecía la pena…

—¡Albert! —dijo Hedda a gritos desde la puerta de la capilla—, ¡no pasa nada si tardo un siglo o dos! Tráeme un termo con chocolate caliente y déjalo junto a la trampilla de la cripta.

No se le ocurría otro lugar en donde buscar. En el trayecto quedaron atrapadas la mitad de sus calorías; tiritaba, pero de rabia. Si no estaba en la capilla, ¿dónde buscar a una niña de seis años que no quiere ser encontrada en una isla de cuarenta y cinco hectáreas? Por eso, en el interior del templo, Hedda llamó a voces a Julia antes de encararse con la trampilla que había en el suelo, junto a la puerta de la entrada: estaba abierta. A medida que bajaba por las escaleras con el alma en vilo escuchó un llanto entrecortado y un sorber de mocos.

—¿Es todo? —dijo Thomas, que miraba hacia el lago a través del ventanal de la biblioteca.

—Sí.

—Hedda…, sabes que eres como de la familia —el conde siguió dándole la espalda.

—Lo sé —respondió ella negando con la cabeza y llamándole «hijo puta» en su interior.

—Cuando se forma a los empleados de la casa…

«Ya empezamos con la matraca», resopló Hedda.

—… deben quedar claros determinados conceptos.

—Conde Bernadotte, asumiré las consecuencias de lo ocurrido. Soy consciente de la situación. No inventaré mentiras para excusar el comportamiento de este chico. Sin embargo, permítame….

—¡Sin embargo nada!

Hedda no contestó.

Siempre que Thomas le echaba la bronca, ella desconectaba. Era difícil explicar con precisión lo que significaba el silencio que siguió a la explosión del conde porque, físicamente no había movido ningún músculo, pero todo Waden-Wurtemberg tembló.

—¿… tás escuchando?

—¿Eh? Sí —dijo Hedda que no le había prestado atención—. Señor, la niña había desaparecido, Núcleo informó que era mi día libre y a Phil casi le dio un infarto cuando encontró el chasis de un coche a las puertas de la Mainau. No pudieron contactar con usted porque le dijo a Núcleo que no quería ser interrumpido, así que si me lo permite, el chico actuó bien, hizo lo correcto al llamar a la policía. ¡Es que yo hubiera hecho lo mismo de haberme encontrado en su lugar! No obró mal. Si a eso quiere llamarlo equis, llámelo. Y ahora, si no se le ofrece nada más, me gustaría ir a ver cómo se encuentra su nieta, porque lo ha pasado muy mal.

Hedda no esperó autorización y se marchó.

Llevaban veinte minutos con el tema y Thomas cerró el pico. Ella tenía razón pero él también, porque llamar a la policía siempre complica las cosas. «¿Por qué hizo Julia lo que hizo?», pensó el conde, que había pedido a un Nano de la biblioteca que le sirviera un lingotazo de Macallan. Un cuarto de hora más tarde, sobre la mesa que Bismarck regaló a uno de sus antepasados, los hielos del güisqui se habían derretido y Thomas seguía dando vueltas a lo de su nieta. Decidió ir a hablar con ella, pero se llevó una sorpresa cuando Hedda, que se había presentado de nuevo en la biblioteca, le dijo que era preferible que no fuera.

—¿Estás insinuando que mi nieta no quiere verme?

—No, señoría. Lo que estoy intentando decir, y al parecer sin mucho éxito, es que Julia está muda. No habla, la niña está muy alterada por algo que no sé lo que es, y no pronuncia palabra hasta el punto de que le pregunté si tenía hambre y no me respondió.

Hedda esperó la réplica…, sin éxito.

—¿Thomas? ¿Señor? ¿Me escucha?

Pero la mente de Thomas estaba en otro sitio tratando de entender…

—¿Cómo es posible? —dijo por fin.

—No ha hablado conmigo ni con nadie en las últimas horas.

—¿Y por qué no me lo has dicho?

—Desde que llegó, señor, ha sido usted un incordio, con todos mis respetos. He tratado varias veces de decírselo hasta que me he dado por vencida. Es evidente que el cuerpo lo tiene usted en casa, pero su mente reposa en Babia —dijo bastante cabreada. «Aquí esta ocurriendo algo que se me escapa», pensó.

—Señor un policía desea ser recibido —comunico Núcleo al conde.

Thomas pidió a Hedda que le dejara solo y ella aprovechó para ir hasta la cocina a por un vaso de leche y un par de magdalenas para la niña.

Estaba hecho un lío: por un lado su nieta, por otro la policía… «¡Joder!», insultaba mentalmente mientras cruzaba el hall. Hoy todo se le escapaba de las manos: había que hacer algo pero, si delegaba en alguien, seguro que sería peor, así que no le quedaba más remedio que tomar las riendas del asunto. Estaba preocupado por Julia y la policía era la guinda. ¿Es qué tenía que ocurrir todo a la vez?

—Debí tomarme un güisqui doble —se reprochó.

—¿Qué tal ha ido? —le preguntó a Wolfgang, con una sonrisa, el policía más viejo, que había preferido quedarse en el coche a las puertas del palacio.

—Mal —respondió el inspector.

—¿Ves?, te dije que no te metieras en líos. Pero claro, interrogar a un pez gordo es tentador.

—Hago mi trabajo.

—¡Y un cuerno! Te encanta dar por culo, pero escucha, Thomas Bernadotte no es un cualquiera, el canciller europeo pide cita para hablar con él y no se presenta en esta casa sin invitación.

—Lo sé, pero es que ellos llamaron desde aquí a la policía. Así que no hacía falta cita.

—Cierto —aceptó el más mayor—, tú mismo lo has dicho, te llamaron desde la casa. ¡Pues habla con quién te llamó! No cabrees a los de arriba porque esta gente no tiene tiempo para sandeces.

—Sí, pero hay algo que no me cuadra —dijo Wolfgang.

—¿Qué no te…? Verás, yo sí que te voy a cuadrar: según el volumen de la mierda que destapes, así será el tamaño del montón que te sepulte. Pertenecemos a otro mundo, chaval. ¿El palacio te agradó por dentro?

—Mmm… sí.

—Pues me alegro. Nos vamos, que tengo hijos e hipoteca. Quiero a mi mujer y no le voy a complicar la vida porque el culo de un compañero pida guerra. Así estamos muy bien. Por cierto ¿qué te dijo?

—Pues que consultó al Núcleo y que el coche volvía del aeropuerto de Friedrichshafen. Los vehículos van y vienen constantemente a esa y a otras ciudades de la región y probablemente no fuese nadie dentro. No esperaban visita hasta mañana que viene su nuera. Los coches funcionan veinticuatro horas al día. El conde y tres ayudantes habían salido muy temprano para Constanza, fue a comprar una escultura a nosequién y usó el overcraft para ir y poder traerla a palacio porque el lago estaba congelado. Me remitió al ama de llaves, porque él llegó hace poco y su nieta estaba enferma o algo así. Tenía que atenderla.

—¿Vas a volver otra vez?

—Sí.

—No doy crédito.

—Y tú me acompañarás.

—¿Yo? ¡Ja! Ni lo sueñes. Antes me lavo con sangre en el tonel de las pirañas.

Cuando el policía se hubo marchado Thomas preguntó a la casa.

—Núcleo, ¿cuál ha sido?

—El Bentley marrón.

—¡Mierda!

Había heredado ese coche de su padre. Lo adoraba, le gustaba conducirlo y le contrariaban sobre todo dos cosas: la pérdida de una joya familiar y que esa joya hubiera sido fabricada con el chasis de titanio. El miércoles anterior Thomas había conducido personalmente ese Bentley hasta Friedrichshafen pero la tormenta de nieve posterior había dejado incomunicada por tierra a la región y Núcleo tuvo que enviar el Saeta a recogerlo. Se maldijo por no haber previsto que el coche se quedaría allí, pero ahora no importaba. Lo primero era limpiar la mierda a su alrededor y pidió a Núcleo que mandara un mensaje al inspector jefe de policía. Consideraba que «por error» habían enviado a la isla a un principiante incompetente y maleducado. Le pedía «por favor» que se ocupara personalmente del asunto, ya que se conocían desde hacía tiempo, subrayando que él mismo le había recomendado para el puesto que ocupaba. Siendo sincero, se sentía más cómodo con un hombre como él, que había demostrado su valía con creces, que colaborando con niñatos que ignoraban cual era su puesto en este mundo.

Antes de que los dos agentes atravesaran de nuevo el puente de acceso a la propiedad Bernadotte, pero en sentido contrario, ya habían respondido desde comisaría, el joven policía había sido sustituido, el caso cerrado y se había enviado a Thomas un mensaje de sumisión con una lista interminable de disculpas.

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