00 Un «santaclaus» en El Renacuajo (2)

—El vacío no parece ser su medio natural y han creado un volumen de singularidad en cuyo interior evolucionan. El rastro energético que dejan es idéntico al que he encontrado en los lugares donde han desaparecido mis contenedores.

—¿Actúa como esa araña que rompe la tensión superficial del agua y crea una burbuja de aire a su alrededor para poder sumergirse? —preguntó Carlo.

—Exacto, la argyroneta —contestó Núcleo.

—¿Y los relámpagos y los arcos voltaicos? —dijo Beatriz.

—En esa marabunta los motores de cada lasca son la causa de los rayos debido a la fricción, como si parte de su comunicación se realizara a través del tacto. Los arcos de energía que la recorren no son arcos voltaicos aunque lo parezcan. Lo cierto es que no sé lo que son.

—¿Lenguaje? —apuntó Carlo.

—Cuando un gato arquea el lomo también es una forma de lenguaje —añadió Bea.

Mientras Carlo y Beatriz hablaban, Núcleo había puesto pies en polvorosa, en concreto desde que anunció el inicio de la cuenta atrás para el entrelazado, y forzaba a los cohetes químicos para situar a La Pinta en el punto óptimo más lejano al santaclaus, por una parte, y de mejor acceso para el amarre de los contenedores que estaban más llenos, por la otra. Intentaba escapar pero, aunque La Pinta aceleraba, comparada con el cardumen parecía ir marcha atrás. No dijo nada a los otros dos, bastante tenían ya, pero la situación le fascinaba y Núcleo encontró un gran parecido entre los movimientos de aquel enjambre cabreado y las explosiones bajo el agua a gran profundidad. Mientras la IA miraba la situación cambió y el número de lascas que los perseguían aumentó de cientos de miles a millones, y de millones a cientos de millones.

—Nos observa y explora nuestro entorno: tiene un plan —dijo Beatriz con la cabeza sepultada en datos—. ¡Hay que irse ya!

—Pero, ¿podemos? —Carlo hiperventilaba. La lectura de sus constantes vitales preocupaba a la IA del traje EVA, que se encontraba valorando la situación. Un momento después se activaron varias alarmas de soporte vital y el traje no dudó en suministrarle un sedante por vía aérea para evitar problemas.

—Masa adicional en el perímetro de seguridad, recalculando…

—¿Re…? ¡La madre que parió, Núcleo! ¡Muévete ya!

Y con esta última orden, llegó el caos.

La nube de lascas los envolvió y detuvo su actividad durante un instante. El cardumen, que había creado una malla alrededor de la nave, a la que tenía a tiro de piedra, emitió un pulso y de repente todo falló en «El Cepillo de Dios»: soporte vital, electrónica, navegación… Todo menos el motor, que era pura física cuántica imposible de parar una vez puesto en marcha. La exoesfera alienígena se contrajo un segundo después de que La Pinta desapareciera para expandirse enseguida de nuevo, como si quemara el vacío atrapado en ella. Obtuvo un resultado idéntico cuando lo volvió a intentar y luego pasó de la quietud a la histeria: se compactó y expandió varias veces con ansia incrédula y como no encontró nada, varió su estrategia, se retiró hacia su refugio y finalmente desapareció.

¿Y qué se deducía de todo aquello?

Pues que el destino se había portado con ellos como un verdadero hijo de puta y que había obligado a Núcleo a elegir, de entre las que llevaba en la nave, la partícula entrelazada con la del lugar más cercano a donde poder huir, que resultó ser un pozo de oscuridad perpetua.

Antes de teleportarse, unas cuantas lascas se habían colado en el volumen de seguridad del motor y en cuanto La Pinta surgió en su destino la alarma, que parecía tonta, no dejó de importunar: Núcleo la silenció de un plumazo. Así pues, el Cepillo de Dios, es decir La Pinta, a medio camino entre nada y la Nada, viva, prácticamente a la deriva y muy lejos de Higía, entró en cuarentena.

La situación prohibía toda comunicación con la base, por eso Núcleo había decidido poner en órbita, a su alrededor, uno de los contenedores vacíos donde enjaular las lascas que serían monitorizadas por un tropel de Nanos. Ahora tocaba esperar y a ver si de paso era capaz de encontrar el origen o anular ese ruido de fondo que impregnaba sus sistemas.

Carlo y Bea habían sido advertidos acerca de la posibilidad de toparse con algún contratiempo tras el hilvanado del espacio pero… ¿aquello? Bea no tenía una opinión clara al respecto. ¿Casualidades?, ¿imprevistos? Preguntó a Núcleo, pero a él no le impresionaban los albures; y lo inesperado tampoco era santo de su devoción. Por tanto, y según su opinión no humana, se encontraban en el punto de alguna mira porque aquello no estaba cuando llegaron a la galaxia de El Renacuajo, sino que debía haberlos seguido. ¿Coincidir en la inmensidad del espacio? Imposible. Ahora la cuestión era saber cómo los habían encontrado. Deberían revisar todo desde el inicio de la misión, incluidas las transmisiones que el santaclaus había enviado, y hallar entre los datos alguna pista.

—Creo que temes y admiras al santaclaus, Núcleo. ¿Tu primera femme fatale? —ironizó Bea.

—La primera, sí, y debo reconocer que el encuentro me ha resultado fascinante.

—Núcleo, ¿tú no te preguntas cómo hemos llegado a esta situación? Porque yo necesito respuestas —dijo Beatriz.

—Bueno, quizá para encontrarlas debamos revisarlo todo desde el principio —respondió la IA.

—¿La misión? —preguntó ella.

—No, me refiero a toda vuestra historia, que es lo que ha dado origen a este viaje —respondió Núcleo.

—Carlo y yo conocemos una parte, así que si tu la conoces entera, cuéntala desde el comienzo. Tenemos tiempo y seguro que estás deseando hacerlo.

—Pues no sé…

—No me seas mamón —bromeó Bea.

Las falsas reticencias de Núcleo no habían hecho sino acrecentar el interés de la comandante por saberlo todo, así que le pidió un momento a la IA para encargar a los Nanos algo de comer y avisó a su novio.

—Desde el principio, por favor —suplicó Bea, que se había acurrucado junto a Carlo en cuanto este llegó, con la cabeza recostada sobre sus piernas.

—Bien, pues… a ver por donde empiezo. Por mi parte estaría muy mal ignorar los diarios que me confió Yifán —Núcleo se hizo el interesante—. Como sabéis, en realidad, todo, todo comenzó en Uclés, en la Castilla que dominó el mundo durante el siglo XVI, pero creo que empezar por los orígenes no es la mejor forma de contar una historia; a veces conviene contarla al bies, así que me inspiraré en Yifán y empezaré en Alemania treinta años atrás… Recuerdo que entonces era invierno y que la nieve había blanqueado a conciencia la región de Baden-Wurtemberg. Un sol tempranero, que aún se ocultaba tras la sábana gris del cielo, había convertido todo en claridad y encerrado a parte de los alemanes dentro de un congelador sin horizonte.

—Núcleo, cariño, al grano, no marees, ¡por favor! —interrumpió Beatriz.

—A ver, Bez: ¿estamos en cuarentena o no?, porque antes me dijiste que teníamos tiempo, así que no me interrumpas. O lo cuento así, o no lo cuento —replicó Núcleo, y después de una pausa se dispuso a continuar…

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